Dormir sin Lagrimas, una guía para padres desesperados

Dormir sin Lagrimas

«Dormir es un proceso evolutivo que se va adaptando a las necesidades del ser humano. Un recién nacido no duerme igual que un niño, ni éste igual que un adulto; ni un adulto igual que un anciano, porque cada edad reclama unas necesidades diferentes»

Según la doctora Jové, los bebés nacen con dos fases del sueño bien diferenciadas: sueño activo (parecido a lo que en el futuro será el sueño REM) y sueño lento (que da lugar al resto de fases del sueño). Entre los 7 y los 10 meses han aparecen todas estas fases, aunque la periodicidad y duración son diferentes a las de un adulto.  Es recién a partir de los 5 a 6 años cuando el sueño de los niños comienza a parecerse al de los adultos, es decir, un único periodo nocturno de entre 8 y 10 horas sin siestas.

La evidencia de muestra que, niños y adultos, nos despertamos varias veces en la noche, pero  que sólo los más mayores dominan la técnica para regresar al sueño. Es una cuestión de tiempo que lo hagan los niños, porque se trata de un proceso evolutivo.

La Dra. Jové invita a los padres a ponerse en la situación del niño para poder contestar a todas esas preguntas que nos hacemos respecto al sueño de nuestros hijos. El estilo de vida moderno, no sóloes estresante para los adultos, sino también para los niños, que deben adaptarse a ella, aunque muchas veces esto no sea lo más recomendable para ellos. La falta de sincronía entre las obligaciones de los Padres y las necesidades de los niños,  son el único y real motivo de conflicto. Los seres humanos llevamos miles de años sin métodos para  hacer dormir a niños, sin embargo,  nunca había habido tantos problemas con el sueño de los niños,  como ahora.
Según los expertos, niños no siguen el horario de 24 horas de los adultos, sino más bien uno de 25 . Por eso habitualmente les cuesta meterse en la cama y presentan alteraciones en el horario. Jové mantiene que el seguimiento de una rutina y ayudarles a diferenciar el día de la noche ayuda a muchos pequeños.

No obstante, la autora divide los trastornos del sueño en dos: disomnias –alteraciones en la cantidad y la calidad del sueño– y parasomnias –acontecimientos o conductas anormales cuando se duerme–. En la mayoría de los casos se da el primer tipo de obstáculo en el descanso infantil, pero los terrores nocturnos, las pesadillas o el sonambulismo, entre otros, también son objeto de preocupación por parte de los padres. «En los niños, la mayoría de las parasomnias suelen mejorar si se acuestan con poco cansancio y ansiedad. Para ello podemos seguir un horario prudente de acostarlos, intentar que estén relajados y hacerles compañía o dormir con ellos», apunta la autora, que defiende las múltiples ventajas del colecho, una práctica habitual en muchos países.

Lo métodos que enseñan a dormir a base de dejar llorar mediante una tabla y los que simplemente dejan llorar, solamente provocan un shock emocional en los pequeños,  alterando los niveles de las principales hormonas que regulan nuestras emociones. Además le demuestran al niño que no vale la pena quejarse, porque nadie les responderá. Por esta razón suelen funcionar mejor en niños pequeños, ya que éstos son los que tienen más posibilidad de shock.

Además, su aplicación conlleva secuelas importantes a corto, medio y largo plazo: «trastornos de ansiedad, depresiones, indefensión aprendida, trastornos de apego, trauma por estrés agudo y síndrome de estrés postraumático». Jové mantiene que estas alteraciones son reparables, aunque «no reversibles», ya que pueden quedar enmascaradas y no hacerse evidentes hasta la vida adulta. Asimismo, huye de la utilización de fármacos en los problemas del sueño, no sólo por sus muchas contraindicaciones, sino porque en muchos casos se produce el efecto contrario.


La autora, que mantiene que aunque no se haga nada, el niño dormirá sin interrupciones algún día, ensalza el papel de la lactancia en el éxito del sueño, «por la propia composición de la leche, y debido al relajante contacto con la madre y a la succión calmante». La alimentación materna no sólo favorece al niño, sino que beneficia a la madre, ya que hormonalmente le ayuda a coger el sueño con más facilidad.

También hace especial hincapié en las cualidades positivas de dormir cerca de los pequeños, siempre y cuando se haga cabo de una forma segura. «Gracias a él, el regreso al sueño después de un despertar es más corto para ambos casos (madre e hijo). También ayuda al bebé a sincronizarse con la madre y a pasar de un estado a otro del sueño con más facilidad», comenta la autora. En este sentido, la psicóloga añade que la actitud «positiva y responsiva» de la madre hacia el niño crea en el menor una tranquilidad que le ayuda a abandonarse al sueño.

Fuente: Dormir sin lagrimas de la Dra. Rosa Jové

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